El efecto del beso en TV

Jim y Pam, Mónica y Chandler, Meredith y Derek, Jess y Nick… la lista de parejas icónicas, que han influido la forma en la que entendemos el amor, es larga. Pero poco se habla de su poder de atracción e impacto real en el rating televisivo.
La trama suele ser la misma, un arco narrativo trillado: dos personajes que se conocen por casualidad y niegan su evidente atracción, para eventualmente caer en un romance vertiginoso, con altos y bajos; que acaba en un “felices para siempre”.
Una historia repetitiva, pero una apuesta segura en términos de inversión. Netflix (2025) señala que el romance no pasa de moda, representa el 14% de las horas de visualización en su plataforma y obtiene un 11% de la amortización de contenido, lo que significa que atrae más espectadores que otros géneros.
Pero, ¿Existe algún elemento que afecte el éxito a largo plazo de nuestras series románticas?
Hablemos de los besos
Ashley Mullan es una estudiante de doctorado del departamento de bioestadística de la universidad de Vanderbilt, quien trabaja en el Vanderbilt Center of Excellence for Children in State Custody. Sin embargo, en su tiempo libre disfruta de analizar la “cultura pop” y medir su consumo. Por eso, en uno de sus proyectos extra-curriculares, se hizo una pregunta: ¿Cómo el primer beso en una serie romántica afecta su rating posterior?
Su hipótesis era que, luego del primer beso de los personajes principales, su interés por la serie aumentaba, pero para muchos podría generar el efecto opuesto, pues se perdía drama en la trama.
A este estudio le llamó el “efecto del beso” y analizó 137 parejas de 108 series diferentes (comenzando por Cheers de los años 70 hasta Never Have I Ever que es reciente) para ponerlo a prueba. Para cada pareja, recopiló datos de IMDb y Wikipedia, buscando determinar el episodio del primer beso, la popularidad de la pareja (medida en menciones), el número de temporadas de la serie y el año que se estrenó. Con esta información, escogió 20 parejas para probar su teoría y medir la tendencia antes del beso, el cambio inmediato provocado después del beso y la nueva tendencia post-beso.
Tomando en cuenta que este tipo de inferencia es causal, Mullan utilizó un modelo de series temporales interrumpidas (Interrupted Time Series, ITS) para medir la relación. Este tipo de modelo permite analizar la tendencia de una secuencia de observaciones a lo largo del tiempo y el efecto de una interrupción sobre esa tendencia. Además, se usa una situación hipotética llamada contrafactual, que sirve como una línea temporal alternativa en la que la interrupción -en este caso, el beso- nunca ocurre, para poder comparar resultados.
¿Qué poder tienen realmente los besos?
Usando ejemplos como Nick y Jess de New Girl, la investigadora determinó que en los episodios previos al beso (puntos azules del gráfico) el consumo va en crecimiento y, en la línea puntuada o contrafactual la serie debería seguir mejorando en audiencia. Sin embargo, las calificaciones reales sugieren que las personas tienden a prestar más atención a las historias cuando quedan inconclusas. Por eso, después del beso (primer punto adonde cae la línea), las calificaciones caen inmediatamente 0.1 puntos y disminuyan en 0.003 puntos por episodio durante el resto de la emisión de la serie, sin llegar a recuperarse.
Cuando se amplía la perspectiva para considerar el efecto promedio de un beso en todas las series analizadas, se observa algo similar al ejemplo de Jess y Nick. Las audiencias aumentan lentamente hasta el primer beso y luego disminuyen inmediatamente de forma leve, para luego continuar decreciendo lentamente hasta que se acaba el show.

Más allá de la curiosidad, ¿Por qué nos importa este descubrimiento?
El “efecto del beso” deja una lección clave para quienes trabajamos en mercadeo, publicidad y creación de contenidos: la atención es un recurso escaso, emocional y altamente sensible al ritmo narrativo. No basta con contar una buena historia, lo verdaderamente estratégico es saber cuándo entregar la recompensa.
La investigación de Mullan muestra que, históricamente, las series se tomaban su tiempo en dar ese gran estimulo. En las décadas de 1980 a 2010, las parejas se daban su primer beso cuando aún faltaban más de dos tercios de la temporada. En contraste, las series más recientes adelantan ese momento clave, haciendo que el beso aparezca mucho antes en el arco narrativo; lo que resulta en un clímax prematura, un misterio que se disipa, menor tensión y erosión del interés.
Desde una perspectiva de marca, esto es fundamental. Las audiencias se enganchan más con lo inconcluso que con lo resuelto. El “todavía no” genera expectativa, conversación y retorno; el “ya pasó” exige nuevos estímulos inmediatos para sostener la atención. No es casualidad, entonces, que estemos viendo el auge de formatos como los “minidramas”: historias pensadas para consumo móvil, con episodios cortos y tramas exageradas, que responden a la nueva necesidad de las audiencias de más estímulos constantes e inmediatos.
Lo que entendemos entonces es que las series románticas no están perdiendo efectividad, lo que está cambiando es la paciencia del público y su necesidad de gratificación constante. Por eso, en un ecosistema saturado de contenido, quien mejor dosifique la tensión narrativa y multiplique los momentos de expectativa, será quien capture y retenga la atención. Porque, al final, como nos han enseñado Ross y Rachel o Nick y Jess, a veces el verdadero poder no está en el beso, sino en toda la relación que construimos con nuestros clientes antes de la compra.



